domingo, 13 de septiembre de 2009

MALTRATO AL ADULTO MAYOR

Más del 10 por ciento de la población actual del mundo supera los 60 años y pertenece al grupo poblacional del adulto mayor. Aunque a muchos de ellos les cuesta trabajo reconocerlo, son sometidos a diversas formas de maltrato de manera aislada o reiterada en el hogar, la calle, los centros de salud y otros lugares. Esta parece ser todavía una forma de violencia desconocida e imperceptible en las sociedades de hoy.

Por lo sensible de la cuestión y para contribuir al consenso político y social de que la violencia contra los ancianos puede ser un acto evitado y prevenible, se celebra el 15 de junio como Día Mundial de la Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez con la realización de numerosas iniciativas que contribuyan con ese noble esfuerzo.

En una edad en la que se es dependiente del otro, las maneras de agredirlos pueden ser desde las más sutiles como una frase cortante por sus limitaciones hasta la agresión física, sexual, financiera, el chantaje filial, la poca atención o los descuidos en ella, causándoles consecuencias físicas (alteraciones orgánicas, del sistema nervioso, trastornos del sueño), psicológicas (baja autoestima, aislamiento, temor, depresión) y sociales (pérdida de roles, prejuicios sociales, inactividad, dependencia).

El abusador es por lo general la persona que "lo cuida" o vive a su lado, y puede ser un miembro de la familia, un vecino, amigo o el responsable de una institución. Para el adulto mayor lo más doloroso es que las agresiones provengan de sus hijos o nietos, a quienes ha contribuido a formar y en quienes ha depositado toda su esperanza de tener una vejez grata y equilibrada.

En estos casos las razones económicas son determinantes, ya sea porque ambicionan los bienes o herencia del anciano o porque estos significan una carga financiera demasiado grande para sostener.

Investigaciones recientes indican que el cuidador, en relación con el estado de salud y dependencia del anciano, se expone a distintos factores de riesgo que lo llevan a la desesperación o a la violencia, entre ellos, el trabajo agotador sin descanso, la falta de tiempo y espacio personal, sentimiento de aislamiento psicosocial o de ser explotado por otros o de pérdida de "la persona que fue", falta de apoyo de otros familiares, conflicto marital y relaciones adversas de otros familiares hacia el adulto mayor.

A ello se adiciona que el cuidador pueda ser una persona con enfermedades mentales, conducta social desviada o adicciones al alcohol y otras drogas, lo que lo convierte en víctima de su incapacidad para comprender las circunstancias y responsabilizarse con los cuidados y el apoyo requeridos por el adulto mayor.

Ante la diversidad de situaciones relacionadas con el abuso del anciano, se hace necesario que los gobiernos sancionen jurídicamente esas actitudes y se esfuercen en garantizar un pago económico al jubilado que sea suficiente para cubrir sus necesidades básicas. En países como España y Nicaragua se ha recogido este asunto en sus propias Constituciones.

En Cuba, donde hay un envejecimiento poblacional notable, los derechos a ese grupo están amparados por el Código de Familia y la Ley de Seguridad Social. También se brinda atención multidisciplinaria a los ancianos que denuncian las agresiones familiares o de otro tipo, aunque muchos, como es tendencia en el mundo, prefieren callar para evitarse conflictos con sus familias o para que no se haga público su lamentable problema.

Todos aspiramos a llegar a la tercera edad, integrados a la familia, con decisiones propias, responsabilidades, condiciones de vida y participación social. El respeto que hoy tributemos a esos derechos será nuestra garantía en el mañana.